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LUIS BUÑUEL Luis_buñuel_view

Texto de Luís Buñuel incluido en el libro "Recordando a Luís Buñuel" , Pedro Christian García Buñuel editado por Diputación Provincial de Zaragoza y Ayuntamiento de Zaragoza en 1985.

 

El Ciclo LUIS BUÑUEL está dedicado in memoriam a Pedro Christian García Buñuel.

 

He estado siempre al lado de aquellos que buscan la verdad, pero los dejo cuando creen haberla encontrado. Se vuelven muy a menudo fanáticos, lo que detesto, o si no ideólogos: no soy intelectual y sus discursos me hacen huir. Como todos los discursos. Para mí el mejor orador es aquel que desde la primera frase saca de sus bolsillos un par de pistolas y dispara sobre el público.

Soy un hombre tranquilo que habría querido ser escritor o pintor. Pero escribo con dificultad para un resultado que me gusta poco. No soy muy sensible a los colores y sólo la pintura figurativa me interesa a condición de que la escena que representa me guste. He escrito sin embargo, en mi juventud, un libro compuesto de poemas, de ensayos, de cuentos que jamás he publicado. Lo había titulado "El perro andaluz". Pero Dalí me convenció que el título convendría mejor a mi primera película porque en ella no había nada andaluz y porque jamás se trataba de un perro.(...)

El cine me había seducido siempre porque es un medio de expresión completo, alternativamente realista u onírico, narrativo, absurdo o poético. Un día vi la película de Fritz Lang Les trois lumiéres y creo que la escena de la procesión funeraria que penetra en un muro decidió mi vocación. Después de El perro andaluz tenía todavía más ganas de continuar haciendo cine. Volví a París, que me fascinaba por la abundancia de su vida artística. Me uní a Bretón, a Eluard y, después, al conjunto del grupo surrealista que se había entusiasmado con mi película, mientras que Lorca la detestaba. Inventé gags. Había puesto a punto una veintena pero no tenía dinero para hacer el film que deseaba. Con la ayuda de amigos se convirtieron en L 'Age d'or. Después, la lectura de un libro admirable, escrito por un francés que había pasado una parte de su vida en Las Hurdes, me inspiró Terre sans pain.

No he realizado más películas durante quince años. En Hollywood, durante 1930, recibí propuestas para ser productor pero no para dirigir películas. Pedí entonces permiso al grupo surrealista para ir a los EE.UU. y me lo fue dado. No me encontraba muy feliz allí y cuando Dalí publicó un libro en el que me denunciaba como ateo, insinuaba que era comunista (no lo he sido jamás, ni anarquista tampoco), y que no soñaba nada más que en revueltas y desórdenes, he sufrido tantas molestias que tuve que presentar mi dimisión. Me enemisté con Dalí y después fui a vivir a Méjico. Allí comencé a hacer otra vez cine con Gran Casino, que considero una mala película.

Todo género de espectáculo tiene su público particular. El que va al cine es, en general, el menos simpático de todos. Hacer cola lo pone de mal humor; jamás se le ve el entusiasmo de un aficionado a una corrida de toros. En el fondo, es un falso público que no está en relación con nadie sino con imágenes. Estas imágenes lo adormilan si son vulgares o lo distraen si son muy bonitas. Los americanos que lo han comprendido perfectamente dan prioridad a la acción. Guardo de mi estancia en los EE.UU. gran admiración por el cine americano, sus actores, su sentido del ritmo y de la acción. Sus cineastas han tratado con una maestría única un arte moderno que corresponde muy bien al temperamento de este pueblo, puede ser porque la técnica juegue allí un papel esencial. En todo caso, he querido como ellos eliminar de mis películas las bellas imágenes en las que el cine europeo se ha perdido a menudo, exceptuando a Visconti. Algunas veces me he sentido tentado: el principio de Nazarin habría podido ser una imagen soberbia con el Popocatepelt cubierto de nieve y con una luz digna de la creación del mundo. He rodado ese plano. Pero he querido también que Nazarín llegue por un camino lleno de baches, en un paisaje miserable y sin atractivo. He escogido este segundo plano.

En mis películas concedo por consiguiente una importancia particular a la acción y me esfuerzo por crear incesantemente sorpresas. El punto de partida es a menudo una idea muy simple: gentes que no pueden llegar a comer (Le charme discret de la bourgeoisie) o que son incapaces de salir de algún lugar (El ángel exterminador). Esta idea es progresivamente desarrollada hasta convertirse en un argumento muy preciso que me guía a lo largo de la realización y del montaje. El montaje, que reúne las escenas filmadas en desorden y da al film unidad, no es más que un asunto de dos o tres días. En revancha, los detalles de los planos son inventados a medida que el rodaje, con una preocupación constante de romper la evolución de cada escena, de crear rupturas. En Cet obscur objet du désir, en el momento en que Fernando Rey da dinero a la madre para tener una cita con su hija al día siguiente, una rata cae del techo. Es una rata de caucho. Me gusta que la sorpresa haga reír y me sirvo mucho de objetos, del fetichismo que inspiran, para crear un efecto cómico. Bien es cierto que el fetichismo me molesta en la realidad.

El cine me parece un arte transitorio y amenazado. Está muy estrechamente ligado a la evolución de la técnica. Si dentro de 30 ó 50 años la pantalla ya no existe, si el montaje no es necesario, el cine habrá dejado de existir. Habrá llegado a ser otra cosa. Estamos ya casi en este caso cuando un film se pasa por televisión: la pequeña dimensión de la pantalla lo falsea todo. ¿Qué quedará entonces de mis películas? La mayoría no me inspiran ninguna estima. Sólo guardo cierto cariño por una decena de ellas, lo que es poco en relación con las que he filmado: L 'Age d'or sobretodo; Nazarin; Le chien andalou; Simón del desierto; Los olvidados, cuya preparación me hizo conocer la delincuencia infantil y me sumergió en el corazón de la miseria mejicana; Viridiana; Robinson Crusoe; La vida criminal de Archibaldo de la Cruz; La Voie Lactée; Le charme discret de la bourgeoisie...

Son las películas que expresan mejor mi visión de la vida. El surrealismo me ha hecho comprender que la libertad y la justicia no existen, pero me ha aportado también una moral. Una moral sobre la solidaridad humana cuya importancia para mí había sido comprendida por Eluard y Bretón cuando me llamaban con humor "el director de conciencia" en su dedicatoria de La Inmaculada Concepción. He ilustrado esta moral a mi manera que es muy particular porque creo que soy por naturaleza un espíritu destructor. Y desde luego de toda sociedad. A menudo he vuelto sobre el tema del hombre en lucha contra una sociedad que busca oprimirlo y degradarlo. Cada hombre me parece digno de interés, pero cuando están reunidos, su agresividad queda libre convirtiéndose en ataque o en huida, ejerciendo violencia o sufriéndola. La historia de las herejías lo demuestra perfectamente, y es ésta la razón por la que me he interesado mucho por las herejías, como puede encontrarse indirectamente en muchas de mis películas, y sobre todo en La Voie lactée. (...)

 

Agradecemos la colaboración de  Filmoteca Española (Madrid), Instituto Francés (Zaragoza), Televisa (México), Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (México).

Continua ...

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